EL AJEDREZ COMO EXPONENTE DE LA CULTURA Y LA EDUCACIÓN
Exponente de la cultura
¿Por qué se tiene en cuenta la posibilidad de incluir el ajedrez en el currículo de las escuelas?
¿Por qué sentimos que el ajedrez tiene valores educativos y formativos? ¿Por qué se supone que un
juego, un “simple” juego, como el ajedrez puede coexistir en el ámbito de una institución
educativa con las asignaturas de estudio tradicionales? Estas preguntas no son ociosas y
responderlas adecuadamente puede iluminar algunos puntos oscuros.
Ante todo, el ajedrez tiene prestigio en nuestra sociedad argentina y ese prestigio ocurre en todos
los países de América y los del ámbito europeo. En todos ellos el ajedrez es tanto un fenómeno
competitivo y deportivo, cuanto otro que tiene que ver con la educación. En menor medida, pero
con un incremento significativo en los últimos años, el ajedrez ha ingresado a los países africanos
(el caso de Phiona Mutesi, como ejemplo de superación personal a través del ajedrez) y asiáticos
(China, con sus logros recientes –aunque en el plano deportivo- es un claro ejemplo de esto).
El prestigio del ajedrez es, parece, universal y se lo ha dado Occidente, donde el ajedrez moderno
ha tenido su origen y principal área de desarrollo, expansión y asimilación. Sin llegar al extremo de
dar al ajedrez originario –no europeo- un origen mítico en Egipto, para poder desacreditar mejor
su verdadero origen asiático y sugerir así, de manera fraudulenta, la preponderancia primigenia de
Grecia o Roma (Sic. En la obra aludida, passim: Grecia o Roma, posibles lugares de origen
primigenio del ajedrez, de donde habría pasado a Egipto o, en su defecto, originario de Egipto (?),
de donde habría pasado a Grecia o Roma. Aludo a la obra de José Brunet y Bellet: “El Ajedrez,
investigaciones sobre su origen”, Barcelona, 1890), es decir, para hacer del ajedrez un invento
occidental; sin todo esto, el ajedrez, tal como lo conocemos y lo practicamos hoy la mayor parte
de las personas, es un invento occidental. Su primitiva forma de juego, sus reglas originarias,
pertenecen a los historiadores y, la mayor parte de las veces, queda todo lo que exponen en el
terreno de la especulación. El ajedrez que nosotros jugamos nació (fue inventado o modificado a
partir del shatransh árabe) muy probablemente en España a fines del siglo XV; esto es un dato
importante.
Murray en su “A History of Chess” sostiene que el ajedrez moderno podría haber nacido en Italia a fines del XV o principios del XVI, pero descubrimientos posteriores y el análisis de las obras de
Lucena y Damiano indican que se originó en España. Es largo de explicar y no es el propósito de
este escrito, pero parece claro que el libro de Lucena (Repetición de Amores y Arte del Juego de
Ajedrez, c. 1495) es el primero o segundo libro de ajedrez moderno que se ha escrito y es el que
desarrolla los análisis de aperturas de manera pormenorizada, al estilo árabe. Los manuscritos de
Gottingen y París e incluso el libro de Damiano (Libro da imparare a giochare a scacchi, c. 1512)
parecen extractos de la obra de Lucena o, tal vez, de un libro perdido, de Francesch Vicent, que
pudo ser anterior, aun, a Lucena y, quizá, su modelo. Sea como fuere, es casi necesario que el
ajedrez moderno se haya inventado en España y allí haya iniciado su desarrollo; demasiados
indicios y hechos comprobados, libros, cartas, poemas, alusiones, comentarios, partidas y
problemas de ajedrez apuntan a España como el lugar de origen del ajedrez moderno.
Y esto es muy importante para nosotros, los hablantes de español, tanto americanos como
peninsulares. ¿Por qué es importante? Porque el ajedrez no es solo el ajedrez, sino también los
juicios y valoraciones que el ajedrez posee. El ajedrez tiene prestigio para nosotros, los hablantes
de la lengua castellana o española; porque nosotros lo inventamos (modificándolo) y porque lo
heredamos también de los árabes y, al heredarlo de ellos, heredamos conjuntamente un punto de
vista con respecto a este, que se manifiesta también en otros aspectos del quehacer intelectual de
los hablantes de español y que tiene relación con el “adab” de los árabes. El adab o la adab, como
se prefiere a veces, ha sido definido como el conjunto de ciencias propedéuticas de los árabes.
Adab es, en un principio, un sinónimo de sunna -colección de dichos y hechos atribuidos a
Mahoma- y tenía que ver con los usos y costumbres, normas de conducta correcta y
recomendable, transmitida por los antepasados. Después el significado inicial evoluciona y pasa a
designar en la época abbasí la hidalguía, buena educación y cortesía. A partir del siglo segundo de
la Hégira “adab” significa urbanidad, elegancia rebuscada, refinamiento ciudadano y cortesía. Este
sentido de “buenas maneras”, general durante toda la edad media, cuando los árabes dominan Al
Andalus, es el que tiene en los tratados de urbanidad acerca del comer, el beber, el vestir, el arte
amatorio, la conversación, la oración, el juego del ajedrez, la amistad, el magisterio, la medicina, la
justicia, los buenos funcionarios, etc. El ajedrez era considerado como un signo de distinción social
y personal y era integrado en el corpus de aquellas artes, usos y costumbres que debían
dominarse para ser alguien distinguido en la sociedad. Para los hablantes de español el “adab”
musulmán se transformó en “educación”, como cuando decimos: “fulano sabe de todo, tiene una
educación exquisita, tiene cultura”. Ese uso de las palabra educación o cultura, referido a la
elegancia, refinamiento, rectitud, conocimiento y buenas maneras, es de origen islámico y los
hablantes de español lo heredamos de los árabes, por su presencia en España durante casi ocho
siglos. Como dice Luce López Baralt en “un Kamasutra español” “el término ‘adab’ es complejísimo
en árabe e implica toda la gama de sabiduría posible asociada a un tema específico”
(“un Kamasutra español”, Siruela, 1992). Y más adelante, en una nota al capítulo sexto del libro
citado, López-Baralt añade: “No deja de ser curiosa, de otra parte, la coincidencia que advierte
Francisco Márquez Villanueva entre la voz árabe ‘adab’ y nuestra voz española ‘educación’: “…el
concepto de ‘adab’ –educación-, en coincidencia (probablemente pseudomórfica) con nuestro
sema popular, cuando lo usamos no para referirnos a conocimientos formales, sino al hallarse la
persona en posesión de superiores cualidades de urbanidad y trato humano” de “las lecturas del
Deán de Cádiz”, p.337.”
Tenemos entonces que el ajedrez era español antes de haber sido inventado o modificado en
España, a fines del siglo XV, puesto que los árabes lo habían llevado a Al Andalus (España) y allí se
desarrolló como en ninguna parte de Oriente lo había hecho y era parte del adab, de todo aquello
que había que saber para ser un hombre urbano, refinado y elegante. El ajedrez era ya occidental,
como quería Brunet y Bellet, no por no haber nacido en Oriente, donde de hecho nació –
posiblemente en la región de las cinco Indias, que confinaba con el imperio persa-, sino porque los
árabes desde allí lo llevaron a España y esta lo acogió como propio. El ajedrez oriental persa –el
chatrang- se hizo shatransh y este ya era español desde los primeros tiempos.
En todos los países de habla española el ajedrez ha sido y es muy bien considerado. Tanto es así
que se puede hablar con propiedad del ajedrez cubano, del argentino, del mexicano o del español;
y cada caso posee una rica historia, a veces de varios siglos; pienso en el caso emblemático de
Cuba: Capablanca nace español, es ajedrecista cubano después de la independencia y antes de la
Revolución y es valorado y casi reverenciado durante el período revolucionario y hasta nuestros
días. ¿Puede sorprender entonces que en España (de manera oficial), en Uruguay (alrededor de 30
escuelas de tiempo completo), en Cuba (de manera oficial y obligatoria), en Argentina (Programa
Nacional de Ajedrez Educativo con miles de escuelas, miles de docentes y centenares de miles de
alumnos) el ajedrez haya ingresado al ámbito escolar.
¿Ajedrez en la escuela o ajedrez escolar?
En el ámbito educativo argentino el ajedrez tiene protagonismo y es allí donde pretende echar
más leña al fuego…, perdón, pretende hacer un modesto aporte este escrito que presento. Y tal
vez no solo no avive la llama de propedéutica fogata, ni aun que sea solo mera colaboración, sino
que también eche un poco de luz (menos viva que la de un incendio, espero) en este asunto y
permita vislumbrar que no solo los términos del ítem se parecen en el enunciado, sino que, aun
enunciando conceptos distintos, no tienen por qué oponerse en la consideración académica.
Más allá del significado asignado a cada término (son intercambiables en cuanto a eso), la pugna
se presenta entre el ajedrez entendido como deporte y el ajedrez como herramienta pedagógica,
aunque el deporte en sí mismo posea valores performativos, es decir que, al practicarlo, el
deporte promueve y pone en juego los valores que se le reconocen como propios.
En este sentido, entiendo que “ajedrez en la escuela” se refiere al ajedrez como práctica
deportiva, realizada en el ámbito escolar y “ajedrez escolar” se refiere al ajedrez como instancia y
herramienta pedagógica. Aclarado el punto me pregunto: ¿por qué debemos presuponer que
ambas prácticas deban estar enfrentadas? ¿Soy solo yo el que se plantea esto? Tal vez pueda
sostenerse, y con razón, que en alguna ponencia de un congreso de pedagogía no se haya juzgado
irreconciliables ambas posturas, pero lo cierto es que está “en el ambiente” que “ajedrez en la
escuela” y “ajedrez escolar” son términos que definen conceptos adversos. Tal parece que esta
dicotomía habrá que aceptarla –o no- como tantas otras que nos definen como seres antagónicos
a los argentinos. En relación a esto sumo otra más, que atañe a especificidades que se miran con
ojeriza: ¿Quién debe enseñar ajedrez en las escuelas, maestros y profesores con formación
académica y pedagógica, que sepan jugar ajedrez o ajedrecistas que hayan adquirido los
rudimentos de la pedagogía? He ahí el verdadero dilema en el cual, por ahora, no infiero. Me
atengo a lo prometido, el ajedrez en la escuela o el ajedrez escolar. ¿Y entonces?
Reconocer el prestigio social que tiene el ajedrez implica también precisar los límites de ese
prestigio. Este fue un país ajedrecista, ahora lo es en menor medida. El ajedrez se jugaba en las
casas de familias, en los clubes, en algunas escuelas, en las plazas, en las iglesias. Había columnas
de ajedrez en los periódicos, revistas especializadas, hasta tuvimos ajedrez por radio, en la “oral
deportiva”. Ahora lo juegan –lo jugamos- muchas personas, la mayoría a través de internet, pero
el común de la gente lo ignora ya casi por completo. Pero esta ignorancia atañe a las reglas del
juego y a su táctica y estrategia. Aceptemos el hecho de que antes se jugara más al ajedrez que
ahora, en el sentido de que el juego era practicado por muchas personas, preferentemente en las
clases media y media alta y que se le dedicara bastante tiempo al análisis de partidas, colección de
secciones deportivas de los periódicos, juego en plazas y clubes. Las reglas de juego eran
medianamente bien conocidas y los jugadores con experiencia conocían algunas astucias y
estratagemas del juego. Dudo que poseyeran conocimientos profundos de estrategia o táctica.
Hoy, en cambio, la mayor parte de la gente no conoce siquiera el reglamento básico, pero saben
que existe algo llamado ajedrez y saben también que es algo importante y valioso, ese
conocimiento y su valoración implícita no se perdieron en nuestra sociedad. Y eso es lo que
permite que el ajedrez escolar, como taller o asignatura, obligatoria o no, tenga presencia en
nuestra escuela. Como dice Carlos Cullen en Filosofía, cultura y racionalidad crítica. Nuevos
caminos para pensar la educación; (2004a), citado por Javier Caramia en “Ajedrez escolar o
ajedrez en las escuelas”: "la educación se define por tres elementos: 1) que es una forma de
socialización, 2) mediante la enseñanza de conocimientos, 3) legitimados públicamente". El
ajedrez está “legitimado” por la opinión pública, tiene “buena prensa”, forma parte de la
“cultura”, de la educación -como lo entendían los árabes de Al Andalus, pero, en nuestro caso,
como un sustrato implícito, ya no consciente de todo el proceso secular- y esto le permite ser
aceptado casi de inmediato como parte de un currículo de enseñanza en una escuela. Para muchas
personas comunes el ajedrez es una “ciencia”, lo que no deja de tener algo de verdadero; para
otros, más preocupados por la contingencia inmediata de los tiempos que nos toca vivir, el ajedrez
es una manera de sacar a los chicos “de la calle”, donde están expuestos y pueden adquirir malos
hábitos; pero en todos los casos se interpreta al ajedrez como un elemento positivo que es parte y
fomenta la educación y la cultura; el ajedrez es propedéutico, forma parte de la enseñanza
preparatoria para materias más complejas; es performativo, transmite valores y enseñanzas, que
lleva implícitos, en la misma práctica y estudio del juego; es didáctico, transmite saberes y hábitos
útiles para la vida, es altamente recomendable, propone un ocio productivo, donde se estimula el
hábito de pensar y, a la vez, entretiene y estorba la adquisición de malos hábitos.
Para concluir, quiero decir que me sorprende que en nuestro país el ajedrez haya tardado tanto en
acceder formalmente al ámbito educativo, cuando en la sociedad hace más de un siglo que se
siente la necesidad de incluirlo en la escuela. De hecho, hubo intentos en numerosas ocasiones y
en algunas escuelas hace mucho tiempo que se usa al ajedrez como herramienta didáctica. Mi
opinión personal es que el ajedrez siempre ha estado entre los juegos mejor considerados en
nuestra sociedad y, para refrendar esto, propongo la lectura de los libros de Pérez Mendoza, Zoilo
Caputto, Juan Sebastián Morgado y José Antonio Copié acerca de la historia del ajedrez en la
Argentina.
El ajedrez es posiblemente una de las grandes creaciones del espíritu humano y están
ampliamente difundidos su práctica, enseñanza y conocimiento; sólidamente instalado en nuestra
sociedad como un motor de cultura, educación y hábitos de estudio y reflexión, es una necesidad,
en el sentido que le da la lógica a esta palabra, que el ajedrez sea antes de no mucho tiempo una
materia más del currículo de todas las escuelas argentinas.
BIBLIOGRAFÍA
- ¿Ajedrez en la escuela o ajedrez escolar? Dos subjetividades del juego, Camilo Cardella,
Primer Congreso Internacional de ajedrez escolar Ciudad de Buenos Aires, 23 y 24 de
Octubre de 2009
- ¿Ajedrez escolar o ajedrez en las escuelas?, Lic. Javier Caramia, Primer Congreso
Internacional de ajedrez escolar Ciudad de Buenos Aires, 23 y 24 de Octubre de 2009
- El Ajedrez, investigaciones sobre su origen, José Brunet y Bellet Barcelona, 1890
- Un kamasutra español”, Siruela, 1992
- El arte del estudio de ajedrez, Zoilo Caputto, Tomo 1, Edicines Eseuve, Madrid, 1992
- El arte del estudio de ajedrez, Zoilo Caputto, Tomo 2, Edición del autor, Buenos Aires, 1991
- Historia del ajedrez argentino, José Antonio Copié, tomo 1, Editorial de los cuatro vientos,
Buenos Aires, 2007
- Ajedrez en la historia argentina –Micro-biografías-, Juan Sebastián Morgado, Ediciones
Ajedrez de Estilo, Buenos Aires, 2012
Asignatura : Ajedrez y Pedagogía
Docente : Lic. Javier Caramía
Daniel Reboredo