AJEDREZ, SABIDURÍA Y DIPLOMACIA
EL AJEDREZ Y LA VIDA PÚBLICA

Ilustraciones persas sobre el origen del ajedrez en el Libro de los Reyes, de Firdusi, s. X
LA LEYENDA PERSA
De todas las antiguas leyendas sobre el origen del ajedrez hay una especialmente llamativa por el aparente misterio que encierra. Doy la palabra a Zoilo Caputto, que resume la leyenda en el primer tomo de su obra “El Arte del Estudio de Ajedrez”.
Las más bellas historias sobre la invención del ajedrez son las que relata el poeta persa Firdawsi en el poema épico “Shahnama” (Libro de los Reyes), donde también se relaciona al juego con la inteligencia, las debilidades humanas y el arte de la guerra. Estas historias seguramente aportan muy poco a los conocimientos de los orígenes del ajedrez, pero tienen un particular encanto: son como las jugadas mismas del juego, todas diseñadas en el aire, creadas por la imaginación y rechazadas por el razonamiento; fantasías y realidades abstractas del mundo de las ficciones de un poeta…
En la primera de las dos historias Firdawsi cuenta que el rey persa Nushirwan (521-578) estaba sentado en su trono, en medio de una corte brillante, cuando arriba al palacio una embajada del rey Devasarma, el “Gran rey de las cinco Indias”, y el embajador deposita a sus pies, entre magníficos presentes, un tablero de ajedrez primorosamente construido, junto con las piezas, artísticamente cinceladas en marfil y ébano. Acompañaba el envío una carta ricamente ilustrada, donde el rey indio, de su puño y letra, le dice: “Os ruego examinar este juego y someterlo a la vista de los más eruditos y los más grandes sabios de vuestro reino. Dejadles deliberar con cuidado para descubrir, si pueden, los principios de este juego maravilloso. Si conseguís penetrar su secreto os prometo reconocerme como hasta ahora tributario de vuestra majestad; de lo contrario, como estará claro que no nos igualáis en ciencia, seréis quien deberá someterse a pagarme tributo, porque la verdadera grandeza del hombre consiste en su sabiduría y no en los territorios, los ejércitos ni los tesoros, cosas perecederas”. (El Arte del Estudio de Ajedrez, Zoilo Caputto, Eseuve, 1990)
El rey desea saber cómo mueven las piezas y el indio le da una respuesta ambigua, diciéndole que eso solo se descubre jugando (es decir, que debe averiguarlo por él mismo o por alguien de su corte, ya que el desafío es extensivo a todos los hombres del rey; solo le aclara que el tablero representa un campo de batalla y las piezas son las fuerzas que combaten en ese campo); entonces Nushirwan se compromete a resolver el misterio en una semana y convoca a sus sabios, pero ninguno logra descubrirlo, hasta que el primer consejero del rey, Wujurgmitr, asume la responsabilidad de descifrar el enigma, cuando estaba a punto de cumplirse el plazo. Al sabio le lleva un día y una noche resolver el ajedrez y cuando se presenta el embajador a reclamar la respuesta, Wujurgmitr juega al ajedrez contra él y lo vence de manera inapelable. Vencidos los de Devasarma, se vuelven a su reino con la obligación de pagar el tributo.
En las otras leyendas relativas al origen del ajedrez se enfatizan otros aspectos: el ajedrez se inventa para consolar a una madre cuyos hijos, herederos de un reino, luchan entre sí en una cruenta guerra civil; el ajedrez sirve para educar a un soberano en el arte del recto gobierno; el ajedrez se inventa para curar de melancolía a un rey y darle consejos sobre el recto gobierno, el valor de cada súbdito y la importancia del sacrificio
personal por una causa noble. Pero en esta leyenda tenemos dos elementos muy distintos: el misterio y la diplomacia. En efecto, el enigma a resolver se relaciona directamente con una cuestión diplomática, porque Nushirwan no solo no puede aceptar renunciar al cobro del tributo ni mucho menos tener que pagarlo él ni rechazar el desafío, sino que se juega su prestigio como emperador de los persas. En efecto la embajada india ha arrojado una manzana de la discordia en el palacio de Nushirwan, ya que fracasar en la resolución implica el fracaso como gobernante; por otra parte, Nushirwan demuestra diplomacia en el trato, puesto que podría encarcelar o hacer matar a los embajadores o declarar la guerra a Devasarma, pero medita un largo rato y decide aceptar el desafío, su intelecto no lo engaña y elige la mejor opción, contra alguien que le debe un tributo y cuya posición es, por tanto, de inferioridad, Nushirwan no abusa de su posición de privilegio y eso lo ennoblece: es la primera victoria de los persas en este relato, se vencen a sí mismos y deponen su orgullo. El sabio Wujurgmitr asume, como dijimos, la responsabilidad y con solo su “sabiduría” descifra el enigma. A esto dice Ricardo Calvo en un artículo cuya redacción original es en inglés, publicado online en Goddesschess:
En consonancia con los modos y maneras a través de los cuales la leyenda sigue desempeñando un papel importante en la acumulación de hechos históricos verificables, la guerra de Troya fue considerada durante mucho tiempo como una ficción literaria hasta que el arqueólogo Schliemann descubrió las ruinas reales de la vieja ciudad. Las leyendas a menudo contienen un mensaje científico expresado en un lenguaje alegórico. Este también parece ser el caso con la invención del ajedrez y la pretensión implícita en el cuento del poeta persa Firdawsi en el que las reglas del ajedrez pueden ser redescubiertas o reinventadas. El sabio Wujurgmitr en la leyenda de Firdawsi requiere un día y una noche en el redescubrimiento de las leyes de la forma más temprana del ajedrez simplemente examinando o meditando sobre el tablero. Su proceso mental puede seguirse con independencia de que un hombre legendario o muchos grupos sucesivos de hombres tomaran cientos de años para lograr estos resultados. Por otra parte, la evolución de ajedrez de un ejercicio matemático en un juego de guerra puede ser redescubierto de nuevo por un procedimiento de pensamiento lógico, que puede ser llamado "método de Wujurgmitr". En primer lugar, imaginaremos que somos Wujurgmitr, y que debemos determinar las reglas de ajedrez y el movimiento de seis diferentes clases de piezas sin otra ayuda que la observación directa del tablero mismo. (Ricardo Calvo, Mystical Numerology in Egypt and Mesopotamia, part 2, the invention of chess movements)
Es decir que no es imposible, mediante la reflexión y el uso de ciertos conocimientos previos (Wujurgmitr es un sabio), descifrar por completo un juego del que solo se tienen las piezas y el tablero y ninguna mención acerca de nombres, movimientos o reglas del juego. La disyuntiva diplomática se resuelve mediante el uso de la inteligencia. El intelecto se pone al servicio del Estado y los problemas no se resuelven mediante el uso de la fuerza, sino de la astucia, la inteligencia y la reflexión; la victoria de Wujurgmitr constituye la segunda victoria persa en este relato; la última es una mera anécdota, a la proeza de descifrar el juego Wujurgmitr suma la de derrotar al embajador de Devasarma en unas cuantas partidas, hasta dejar en claro su superioridad en el juego. Esta última victoria, innecesaria, si se quiere, porque la exigencia era que descifrasen el juego sin ayuda y conocieran sus reglas, y no vencer al embajador, reafirma la superioridad de los persas y establece un paralelo con la victoria militar que debe haber originado la obligación de pago del tributo y constituye el pretexto de la historia. Así tenemos: una victoria militar de
Nushirwan o algún antecesor, cuestionada por el embajador indio (la verdadera superioridad del hombre consiste en su sabiduría y no en los territorios, los ejércitos ni los tesoros, cosas perecederas); dos victorias fundamentales en el relato, una diplomática, de Nushirwan, que acepta el reto, otra intelectual, de Wujurgmitr, que resuelve el enigma; una victoria definitiva de Wujurgmitr en las partidas que juega contra el embajador indio, cuyo nombre es omitido para que destaque mejor el del persa; la victoria en el juego reafirma la superioridad moral, intelectual, material y militar de los persas sobre los demás pueblos. Toda una lección de diplomacia y sabiduría del poeta Firdawsi.
LA DIPLOMACIA AMERICANA EN EL SIGLO XVIII: Benjamin Franklin
Franklin fue uno de los hombres más interesantes de su tiempo: Científico, pensador, poeta, ensayista, conferencista, periodista, editor, investigador de laboratorio, observador de la naturaleza, filántropo, político, educador, funcionario eficiente y ejemplar y diplomático brillante y audaz. Fue también un aceptable jugador de ajedrez, hoy sería un jugador fuerte de primera categoría, pero no un gran maestro de primer orden. Escribió, incluso, un breve escrito de ajedrez –Morals of chess- que incluimos al final del trabajo, como un apéndice. Fue un diplomático brillante y su habilidad en esta materia era tanta que no dudamos en afirmar que otra hubiera sido la suerte de América del Norte, de no estar él encargado de las negociaciones.
El juego está tan repleto de acontecimientos, hay tal variedad de cambios en él, su suerte está tan sujeta a vicisitudes repentinas, y uno tan frecuentemente, después de la contemplación, descubre los medios de salir de una dificultad supestamente insuperable, que uno tiene el valor de continuar la contienda hasta el final, con esperanzas de victoria por nuestra propia habilidad o, por lo menos, de obtener un mate ahogado por la negligencia de nuestro adversario. (Morals of Chess, 1779)
De no haber mencionado al final del párrafo el “mate ahogado”, podríamos creer que era un texto acerca de la política o la diplomacia. Sabemos que Franklin usó el ajedrez cuando estuvo en Europa –de hecho estuvo en varias ocasiones, en una de ellas permaneció 14 años sin volver a América, pero negociando siempre en favor de su tierra- y lo hizo para acceder a un trato más íntimo con toda suerte de personajes encumbrados, a quienes lisonjeaba y evaluaba, tratando de conseguir siempre las mejores condiciones para su país. Participó en su tierra en la lucha política interna entre los propietarios y la asamblea, cuando todavía no se habían independizado de Inglaterra. Forjó un plan que anticipaba en catorce años
la lucha por la independencia. El bill (proyecto de ley) proponía la creación de un cargo (presidente), que gobernara a todas las colonias, por encima de los gobernadores y que estuviera en condiciones de establecer leyes, con ayuda de la junta, en un cuerpo legislativo, que suplantaran a las leyes británicas. El proyecto fue desestimado por los propietarios y por la asamblea, por motivos opuestos, pero Franklin no se desanimó y continuó su lucha diplomática y política para mejorar el nivel de vida de las colonias. Actuó de manera decisiva para que Inglaterra se adueñara del Canadá y mejorase la situación de las colonias, en relación a la dominación francesa de este territorio, que ocasionaba problemas con los indios, aliados de Francia y perjudicaba el comercio de pieles, casi monopolizado por Francia. Inglaterra fue a la guerra contra Francia y se adueñó de los territorios canadienses; Franklin, entre tanto, presentando como excusa la situación de guerra contra Francia, había logrado armar milicias populares (consideradas peligrosas por Inglaterra), con lo que se pudo hacer frente al peligro de los indios y se tenía un ejército de reserva por si la situación lo requería. Y la situación surgió, cuando los ingleses aprobaron leyes impopulares contra las colonias, como la del papel sellado, que obligaba a usar un papel especial, con el sello de la corona británica. La Ley del Sello, Ley del Timbre o Stamp Act de 1765 fue una ley del Parlamento Británico que supuso un impuesto directo y específico para las trece colonias de la América británica que requería que la mayoría de los materiales impresos en las colonias se publicasen en papel sellado y producido en Londres, timbrados con un sello fiscal en relieve. Estos materiales impresos eran documentos legales, revistas, periódicos y muchos otros tipos de papel utilizados en todas las colonias. Al igual que los impuestos anteriores, el impuesto a los sellos tenía que ser pagado en moneda británica válida, no en papel moneda colonial. (Wikipedia) Esta ley y otras semejantes hicieron que la situación se volviese cada vez más tensa, hasta que estalló la rebelión en 1776. Franklin, intentó que el Canadá se volviese ahora contra Inglaterra, pero fracasó en este intento. Entonces regresó a Europa y consiguió, gracias a la buena imagen de él que tenían los europeos, lograda, entre otras cosas, con la práctica del ajedrez, que Francia apoyara la causa de las colonias, en contra de Inglaterra (tratado de 1778). Y ese apoyo fue decisivo, en 1782 y 1783 se firmaron sendos tratados de paz entre Inglaterra y las colonias y entre Inglaterra y Francia. Logrado esto Franklin inició tratados comerciales con Suecia y Prusia, que permitirían a las colonias hacer frente a las obligaciones de pago de los créditos concedidos en 1777 por Holanda y Francia, para financiar la guerra y que fueron negociados por ¿quién, si no?, por Franklin. Después Franklin retornó a su país y participó en la redacción de la Constitución de 1787. A partir de 1788 se retira de la vida pública, pero continúa luchando en privado por la libertad y los derechos de las personas. Muere en 1790.
Paul Morphy (izq.) juega al ajedrez contra la reina Victoria (der.)
LA DIPLOMACIA AMERICANA EN EL SIGLO XIX: Paul Morphy
A muchos puede resultar extraña la mención de Paul Morphy como diplomático. Ante todo, debemos aclarar que oponemos esta figura a la de Franklin, porque este fue un buen jugador de ajedrez y un hábil diplomático y, coincidiendo todos, sin duda, en que Morphy fue el mejor ajedrecista de Estados Unidos en el siglo XIX solo nos falta probar que fuera también un diplomático, para que la comparación no resulte incompleta. ¿Fue Morphy un diplomático? Si lo fue, como creemos que lo fue o intentó serlo, al menos, no tuvo demasiado éxito. Este apático personaje estaba lejos del genio universal de Franklin y a años luz de su habilidad en la negociación.
Ante todo, Morphy era un ajedrecista que había estudiado leyes y era amante de la ópera, pero era, ante todo un ajedrecista y solamente eso; el mejor, sin duda, pero solo del ajedrez. Era prácticamente incapaz de manejarse solo (como lo prueba el hecho de que siempre hubiera alguien a su lado para asistirlo; tal el caso de Maurian, su amigo de toda la vida, Fiske, editor junto con él del Chess Monthly o Edge, que lo acompaña en su primer viaje a Europa, como chaperón). Morphy manifestó siempre problemas de conducta y trato con las personas, pero era una estrella del ajedrez y poseía buenos modales, casi exquisitos; eso le permitía allanar muchos obstáculos en el trato con los demás. Después de su éxito vertiginoso (1857-1858: victoria en el primer congreso americano de ajedrez y viaje a Inglaterra y Francia, donde vence a casi todos los mejores jugadores del momento) regresa en 1859 a Estados Unidos y se retira del ajedrez activo, aunque no renuncia a la publicación de sus partidas ni a colaborar en el libro de su secretario privado durante su permanencia en Europa, Frederick Milnes Edge: “Las Hazañas y Triunfos, en Europa, de Paul Morphy, el Campeón de Ajedrez: Incluyendo un Recuento Histórico de los Clubes, los Bosquejos Biográficos de Famosos ... Anécdotas Relativas al Noble Juego de ajedrez”, New York, 1859. También colabora con Willard Fiske en el Chess Monthly. La vida de Morphy se obscurece, se retrae de la vida pública y solo tenemos noticia de que intenta ejercer como abogado en 1860, actividad que trata de sostener hasta 1861, cuando estalla la guerra civil. Su hermano se enrola en el ejército y Morphy se dirige a Richmond para intentar acceder al servicio diplomático, para lo cual se entrevista con el general sudista Beauregard. Algo no debió marchar bien porque Morphy vuelve a New Orleans y lleva una vida gris y anónima hasta 1862. New Orleans estaba ya en manos de la Unión, que la había conquistado sin resistencia de parte de sus habitantes. De Morphy no sabemos nada en todo este tiempo, hasta que se embarca rumbo a Cuba y de ahí viaja a España y luego en tren, hasta Francia. Llega a principios de Diciembre y permanece todo 1863. ¿Haciendo qué? En 1960 Frances Parkinson Keyes escribió una
novela histórica, The Chess Players, donde intenta probar que Morphy fue un agente sudista, que intentó conseguir la ayuda de Francia para la causa del Sur. Algo semejante a lo que intentara con notable éxito Franklin un siglo antes. Este trabajo reflexiona acerca de la diplomacia y el ajedrez; sabemos que Franklin fue un ajedrecista aceptable y un diplomático brillante. ¿Qué podemos decir de Morphy? Más allá de la materia novelesca, creo que Morphy sí estuvo involucrado en alguna clase de negociación diplomática, pero tan mal manejada por su parte, con tanta tibieza y falta de nervio que no logró sencillamente nada. Se ha dicho que Inglaterra y Francia no deseaban intervenir en el conflicto, porque veían la situación del sur como desesperada. Pero un siglo antes, Franklin había usado todo su poder de seducción y convencimiento para lograr volcar en su favor una causa casi perdida. Francia venía de perder el Canadá en manos de Inglaterra y he aquí que una parte de sus antiguos enemigos le proponen a Francia ir otra vez a la guerra contra Inglaterra, para aliarse con esa facción rebelde. ¿Qué cosas habrá prometido Franklin a los franceses y holandeses, que lo ayudaron militarmente y con dinero? Logra el éxito pleno en una situación harto compleja y peligrosa en todo sentido. De hecho, Francia tendría un poco después que hacer frente a su propia revolución. Y lo hace prácticamente solo y con el ajedrez como medio de acercamiento y entendimiento entre las personas. Morphy, acompañando a parte de su familia en Francia, tal vez intentó algo, aunque no sabremos nunca qué. Pero, en todo caso, fracasó completamente. Él era solo el mejor jugador de ajedrez del momento.
El resto de la vida de Morphy es un suplicio, el suplicio de la aversión, la burla ajena y el anonimato, hasta su muerte en 1884. Juega en su favor el hecho de que Morphy tal vez fue encargado muy joven de una tarea muy superior a sus fuerzas físicas y morales.
CONCLUSIÓN
El ajedrez nace como un juego de guerra, comportamiento cívico y diplomacia. Desde el principio, las leyendas relativas a su origen dan cuenta de esto. En los siglos XVIII y XIX aparecen en Estados Unidos dos ajedrecistas notables, con evidente superioridad de uno sobre otro en el ajedrez y, a la inversa en el juego de la diplomacia. Franklin, el diplomático brillante, escritor, pensador, político y científico fue un aceptable jugador de ajedrez; Morphy, el ajedrecista brillante, fue un débil y opaco diplomático, que mantuvo en secreto hasta sus muy probables fracasos; el resultado de la guerra, desastrosa para el Sur, así lo demuestra.
BIBLIOGRAFÍA
-Benjamin Franklin, artículo de Wikipedia
-Diversos ítem de Wikipedia (Ley de Sello, Nushirwan, Paul Morphy, Frederick Edge, etc.)
-El Arte del Estudio de Ajedrez, Zoilo Caputto, Eseuve, 1990
-Game of Chess, Edmond Hoyle, London 1808
-Mystical Numerology in Egypt and Mesopotamia, part 2, the invention of chess
movements, Ricardo Calvo, 2006
-Morals of Chess, B. Franklin, 1779
-Partidas de Ajedrez de Morphy, escogidas y anotadas por Phillip W. Sergeaant, Biografía,
Compañía Editorial Continental, México, 1973
-Paul Morphy, the pride and sorrow of chess, David Lawson, edited by Thomas Aiello,
University of Louisiana at Lafayette Press, 2010
-The Chess Players, Frances Parkinson Keyes, Farrar, Strauss & Giroux, 1960
-Vida del Dr. Benjamin Franklin, Sacada de Documentos Auténticos, Pantaleón Aznar,
Madrid, 1798.
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Benjamin Franklin jugando al ajedrez contra Lady Howe
APÉNDICE I
LA MORAL EN EL AJEDREZ por Benjamín Franklin, Escrito en 1779
El Ajedrez es el juego más universal y antiguo conocido entre los hombres; su origen está más allá de la memoria de la historia, y ha sido para innumerables generaciones, el entretenimiento de todas las naciones civilizadas de Asia: los Persas, los Indios, y los Chinos. Europa lo ha tenido por algo más de mil años; los Españoles lo han esparcido sobre su parte de América, y recientemente empieza a hacer su aparición en estos Estados. Es tan interesante en si mismo, como para que no sea necesaria la visión de una ganancia material para inducir a practicarlo; y de allí que nunca se juegue por dinero. Aquellos, por lo tanto, que tienen ocio para tales diversiones, no pueden encontrar una que sea más inocente; y el siguiente texto, escrito con intención de corregir algunas pequeñas indecencias en su práctica (entre unos pocos jóvenes amigos), muestra al mismo tiempo que puede ser, en sus efectos sobre la mente, no meramente inocente, sino ventajoso, tanto para el vencido como para el vencedor. El Juego del Ajedrez no es meramente una vaga diversión. Varias cualidades muy valiosas de la mente, útiles en el curso de la vida, podrán ser adquiridas o reforzadas con él, hasta llegar a ser hábitos, listos en toda ocasión. La Vida es una clase de Ajedrez, en que tenemos a menudo puntos para ganar, y competidores o adversarios con los que contender, y en donde hay una vasta variedad de acontecimientos, buenos y malos, que son, en algún grado, los efectos de la prudencia o la necesidad de ella. Jugando al ajedrez, entonces, podemos aprender: I. Previsión, que mira un poco hacia el futuro, y considera las consecuencias que puede tener una acción; lo que le ocurre continuamente al jugador, "Si muevo esta pieza, ¿cuáles serán las ventajas de mi nueva situación? ¿Qué uso puede hacer mi adversario de ella para molestarme? ¿Qué otros movimientos puedo hacer para sostenerla, y para defenderme de sus ataques?" II. Circunspección, que inspecciona el tablero de ajedrez entero, o la escena de la acción, las relaciones entre las numerosas piezas y situaciones, los peligros a los que cada una de ellas está expuesta, las distintas posibilidades de apoyarse entre ellas, las probabilidades que el adversario pueda hacer éste o aquél movimiento, y ataque ésta o la otra pieza; y qué diferentes medios se pueden utilizar para evitar su golpe, o hacer tornar sus consecuencias contra él. III. Cuidado, no hacer nuestros movimientos demasiado apresuradamente. Este hábito es adquirido mejor, observando estrictamente las leyes del juego, tales como, "Si usted toca una pieza, usted la debe mover a algún lugar; si usted la soltó, usted debe dejarla ahí" y, por lo tanto,
cuanto mejor se observen estas reglas, el juego llega a ser más la imagen de la vida humana, y especialmente de la guerra, en que, si usted se ha puesto incautamente en una posición mala y peligrosa, no va a poder obtener permiso de su enemigo para retirar a sus tropas, y colocarlas en un ligar más seguro, pero debe asumir todas las consecuencias de su temeridad. Y, por último, aprendemos por el ajedrez el hábito de no ser desalentados por las actuales malas apariencias en el estado de nuestros asuntos, de esperar un cambio favorable, y de perseverar en la búsqueda de recursos. El juego está tan repleto de acontecimientos, hay tal variedad de cambios en él, su suerte está tan sujeta a vicisitudes repentinas, y uno tan frecuentemente, después de la contemplación, descubre los medios de salir de una dificultad supestamente insuperable, que uno tiene el valor de continuar la contienda hasta el final, con esperanzas de victoria por nuestra propia habilidad o, por lo menos, de obtener un mate ahogado por la negligencia de nuestro adversario. Y quienquiera que considere, lo que en ajedrez es común ver, que pedazos particulares de éxito son propensos a producir la presunción, y su consecuencia, la falta de atención, frecuentemente debe su derrota a su ventaja anterior, mientras que las desgracias producen más cuidado y atención, por las cuales la pérdida se puede recuperar, y se aprenderá a no estar demasiado desanimado por el presente éxito del adversario, ni a desesperar por la buena fortuna final, por cada pequeño jaque que reciba en su persecución. Que podamos, por lo tanto, ser inducidos más frecuentemente a elegir esta diversión beneficiosa, en preferencia a otras que no tienen las mismas ventajas, cada circunstancia que pueda aumentar los placeres hacia ella se debe considerar; y cada acción o palabra que sea injusta, irrespetuosa, o que de alguna manera pueda dar intranquilidad, se debe evitar, siendo contraria a la intención inmediata de ambos jugadores, que es pasar el tiempo agradablemente. Por lo tanto, antes que nada: si se concuerda en jugar según las reglas estrictas, entonces esas reglas deberán ser observadas exactamente por ambos bandos; y no deben ser requeridas para un lado, mientras se dejen pasar por el otro: porque eso no es equitativo. En segundo lugar. Si se concuerda en no observar las reglas exactamente, pero un bando demanda indulgencias, entonces debe estar dispuesto a permitirlas al otro. Tercero. Ninguna jugada ilegal debe ser hecha jamás para salir de una dificultad, o para ganar una ventaja. No puede haber placer en jugar con una persona a la que alguna vez se detectó en tales prácticas injustas. Cuarto. Si su adversario se tarda en jugar, usted no lo debe apurar, ni expresar ninguna intranquilidad por su demora. No debe cantar, ni silbar, ni mirar su reloj, ni tomar un libro para leer, ni golpetear con sus pies en el piso, ni con los dedos sobre la mesa, ni hacer ninguna cosa que pueda perturbar su atención. Porque todas estas cosas desagradan; y ellas no muestran su habilidad para jugar, pero sí su astucia u ordinariez. Quinto. No debe intentar entretener y engañar a su adversario, fingiendo haber hecho malas jugadas, y diciendo que usted ahora ha perdido el juego, para que él se sienta seguro y se descuide, y esté poco atento a sus estratagemas; porque esto es un fraude y engaño, no habilidad en el juego. Sexto. No debe, cuando ha ganado una partida, utilizar cualquier expresión triunfante o insultante, ni demostrar demasiado placer; pero debe intentar consolar a su adversario para que quede menos disconforme, con cualquier expresión civilizada, que se puede utilizar con la verdad, tal como, "Usted entiende el juego mejor que yo, pero es un poco desatento;" o, "Usted tuvo mejor juego, pero algo sucedió para desviar sus pensamientos, y eso jugó en mi favor."
Séptimo. Si usted es un espectador mientras otros juegan, observe el más perfecto silencio: Porque si usted da un consejo, ofende a ambos jugadores; aquel contra quien usted lo da, porque puede causar la pérdida de su juego; y el otro, a quien favorece, porque, aunque sea bueno, y él lo siga, pierde el placer que podría haber tenido, si le hubiera permitido que él pensara hasta que se le ocurriera. Aún después que una jugada o varias, usted no debe, moviendo las piezas, mostrar cómo se podría haber jugado mejor: porque desagrada, y puede haber disputas o dudas acerca de la verdadera posición. Toda charla con los jugadores disminuye o desvía su atención, y es por lo tanto desagradable: Ni le debe dar la mínima pista a algún jugador, por cualquier clase del ruido o movimiento. Si usted lo hace, es indigno de ser un espectador. Si usted tiene en mente ejercitar o mostrar su juicio, hagalo al jugar su propia partida cuando tenga una oportunidad, no en criticar, o entremeterse, o aconsejar en el juego de los otros. Por último. Si el juego no fuera jugado rigurosamente según las reglas ya mencionadas, entonces modere su deseo de victoria sobre su adversario, y sea agradecido con alguien que lo supere. No aproveche con ansia cada ventaja ofrecida por su inhabilidad o falta de atención; pero indíquele amablemente, que con esa jugada coloca o deja una pieza amenazada y no defendida; que con esa otra pondrá a su rey en una situación peligrosa, etc. Por esta generosa cortesía (tan contraria a lo desagradablemente prohibido) puede suceder, verdaderamente, que usted pierda el juego con su adversario, pero usted ganará, lo que es mejor, su estima, su respeto, y su cariño; juntos con la aprobación silenciosa y buenos deseos de los espectadores imparciales. Benjamin Franklin, 1779*
Cuando un jugador vencido miente para excusarse con frases tales como "No he jugado mucho” - “su modo de iniciar el juego me confundió” - “las piezas eran de un tamaño inusual”, etc., tales disculpas (por no decir algo peor) lo empequeñecen ante una persona sabia, como hombre y como jugador de ajedrez y ¿quién no sospecharía de quien se refugia en tales falsedades en cosas de poco valor que sea de no muy firme moral en asuntos de mayor importancia, donde estén en juego su fama y honor? Un hombre orgulloso sería despreciado si justificara sus derrotas con tales excusas, aunque fueran ciertas, porque todas tendrían en ese momento la apariencia de falsas.
* Hasta aquí la versión usual del texto de Franklin titulado "Morals of Chess"; el siguiente párrafo conclusivo solo figura en la edición que hiciera del texto Edmond Hoyle en su libro "The game of chess", al menos en la edición que yo manejo, de 1808.




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